El complejo de Edipo se refiere al conflicto emocional que se da en la infancia de todo ser humano de sexo masculino cuando, por un lado, se siente una atracción sexual inconsciente por la madre y, por el otro (simultáneamente), se percibe también un sentimiento de odio (también inconsciente) hacia el padre. El periodo de manifestación del complejo abarca, aproximadamente, los seis primeros años de vida del niño, como parte de la llamada etapa fálica (pregenital) desarrollo de la libido.
El concepto fue desarrollado por Sigmund Freud, quien se inspiró para su denominación en el mito de Edipo de la Grecia clásica.
Carl Jung desarrolló de forma similar el complejo de Electra, entendido como la atracción sexual inconsciente que siente una niña hacia su padre. Freud nunca aceptó la idea de Jung, ya que consideraba la sexualidad femenina dentro de un modelo más complejo de la vida. De hecho, Freud aplicaba el complejo de Edipo también al desarrollo sexual de la niña.
Freud afirmó que el complejo de Edipo era universal: aparece en el desarrollo de todos los seres humanos, tanto en el sexo masculino como en el femenino.
Edipo es el mítico rey de Tebas, hijo de Layo y Yocasta, que mató, sin saberlo, a su propio padre y desposó a su madre. Al nacer Edipo, el Oráculo auguró a su padre lo que sucedería; y Layo, queriendo evitar el destino lo mandó matar recién nacido. Apiadado de él, su verdugo en lugar de matarlo lo abandonó en un monte. Un pastor halló al bebé y lo entregó a los reyes de Corinto que se encargaron de su crianza. Cuando Edipo llegó a la adolescencia comenzó a sospechar que no era hijo de sus pretendidos padres. Para salir de dudas consultó al Oráculo que le auguró que mataría a su padre y desposaría a su madre. Edipo, creyendo que sus padres eran los que lo habían criado, decidió alejarse para huir a su destino. Emprende un viaje y en el camino hacia Tebas se encuentra con Layo en una encrucijada, discute con él por la preferencia de paso y lo mata sin saber que era el rey de Tebas y también su verdadero padre. Después de pasar una prueba muy difícil, Edipo es nombrado rey y se casa con la viuda de Layo, Yocasta, su verdadera madre. Descubre posteriormente que es el hijo de Yocasta y Layo. Al enterarse Yocasta que se ha casado con su propio hijo se suicida y Edipo se quita los ojos con los broches de su vestido, abandona el trono y huye.
Sigmund Freud se inspira en esta tragedia griega para explicar la tendencia amorosa de los varones hacia la madre y los celos, en conflicto con el afecto, hacia el padre y la misma tendencia en las mujeres con sus progenitores, en forma opuesta, aunque reconoce que en las niñas el Edipo no es simétrico al del niño, debido a la estructura de la relación de ambos bebés con la madre antes de los tres años.
El Complejo de Edipo desempeña un papel fundamental en la estructuración de la personalidad y en la orientación del deseo humano. Todo ser humano tiene por lo tanto impuesta la tarea de dominar el Complejo de Edipo.
La elaboración emocional de este complejo se logra cuando el varón renuncia a la madre porque acepta que es del padre, y cuando la mujer renuncia al padre porque acepta que es de la madre; y es superado con mayor o menor éxito con la elección de un tipo particular de pareja fuera del triángulo familiar.
En el varón, querer ser como el padre para agradarle a la madre permite la identificación con el progenitor del mismo sexo. Lo mismo desea la mujer con la madre. Las identificaciones con el progenitor del mismo sexo son muy importantes porque condicionan la futura tendencia sexual del niño o de la niña.
El complejo de Edipo ofrece al niño dos vías:
- Activa, tomar a la madre y sustituir al padre.
- Pasiva, hacerse amar por el padre.
La persecución del Edipo en cualquiera de los sentidos determina la castración (como castigo o como requisito), aparece la lucha entre el narcisismo hacia una parte de su cuerpo, y la investidura libidinosa de objeto. El Yo del niño se extraña del complejo.
El desarrollo sexual del niño avanza hasta la fase en que los genitales cumplen un papel fundamental. Se la llama fase fálica, pues ese genital es sólo el miembro masculino. El genital femenino resulta aun desconocido. Cuando el niño siente interés sobre sus genitales se empieza a tocar. En cierto momento, Freud dice que se inicia la masturbación, debido a la excitación que trae el complejo de Edipo al niño. Advierte que los mayores no aprueban tales prácticas onanísticas y de alguna manera surge la amenaza de cortarle esa parte privilegiada del cuerpo. Otras veces la amenaza recae sobre la mano. Al principio el niño descree esta amenaza.
El complejo de Edipo ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa y otra pasiva. Se podía ubicar en posición masculina, en el lugar del padre y tratar como él a su madre. En esta actitud, el padre resulta un estorbo. La otra opción es querer reemplazar a la madre y dejarse amar por el padre, resultando superflua la madre. En el niño la aceptación de la posibilidad de castración y el descubrimiento de la mujer que aparece castrada, puso fin a las dos posibilidades de satisfacción relacionadas con el complejo de Edipo.
Ambas implican la pérdida del pene, la femenina como premisa, la masculina como castigo. La premisa fálica remite directamente a la castración. Así surge un conflicto entre el interés narcisista por el pene y la carga libidinosa de los objetos parentales.
En el período de lactancia, generalmente, el niño se aparta del complejo de Edipo. Si por desear a la madre, el padre puede cortarle el pene, castrarlo, el miedo es mayor al deseo, y esos sentimientos incestuosos se reprimen. De esta manera entra en el período de latencia. Se constituye entonces el nódulo del superyo, que toma del padre su rigor, perpetuando la prohibición del incesto.
En el caso de la niña, las cosas son distintas. En principio el clítoris se comporta como un pequeño pene, pero cuando la niña lo puede comparar con un pene real de un niño, encuentra al suyo muy pequeño y siente desventaja y un motivo de inferioridad. Por un tiempo cree que crecerá. Todavía no considera su falta de pene como un carácter sexual, sino que supone que tuvo un órgano como el del niño pero que lo perdió por castración. La niña acepta la castración como un hecho consumado, el niño teme el cumplimiento de una amenaza. En la mujer, sin miedo a la castración, es más atenuada la formación del superyó. El complejo de Edipo de la niña es mucho más unívoco que en el niño. En general, dice Freud, pocas veces la mujer va más allá de la sustitución de la madre y la actitud femenina con respecto al padre.
En las niñas, también es la madre el primer objeto de amor. Para el varón lo sigue siendo, pero la niña debe hacer un cambio de zona y de objeto. Del clítoris a la vagina y de la madre al padre. La mujer sólo alcanza el complejo de Edipo positivo, después de atravesar el complejo de Edipo negativo.
Recordemos que el complejo de Edipo normal, implica que los niños estén ligados afectivamente al progenitor del sexo opuesto, y que se manifieste hostilidad hacia el de su mismo sexo. Habíamos dicho que en el varón, la madre es su primer objeto amoroso y continúa siéndolo. El padre queda en lugar de rival. Pero para la niña, en un primer tiempo, el padre también es un molesto rival. Como consecuencia de su renuncia al pene, espera una compensación. Simbólicamente, la niña pasa de la idea de tener un pene a la idea de tener un hijo. Su complejo de Edipo culmina en el deseo, retenido por mucho tiempo, de recibir un hijo del padre, como regalo.
Ese deseo jamás se cumple. Los dos deseos, el de poseer un pene y el de tener un hijo del padre, perduran en lo inconsciente, intensamente cargados y ayuda a la niña para su futuro papel sexual. El complejo de Edipo se desarrolla entre el niño y la madre. La cuestión transcurre desde el niño a la madre y desde la madre al niño. Pero no debemos olvidar lo fundamental en esa relación: el padre. Lacan dice que los que intervienen en el complejo de Edipo, son 4: niño, madre, padre y el falo.
En un primer momento el niño ocupa el lugar del falo de la madre. En un segundo momento, hay un corte que genera una separación entre la madre y el niño. A ese corte, Lacan lo llamará función de padre. Cuando se habla de función paterna, hablamos de la ley, hablamos de un corte. Y eso está más allá de la persona del padre. Se trata de una función. De ese modo ejerce una doble prohibición: al niño, no te acostarás con tu madre, y a la madre, no reintegrarás tu producto. En esa instancia, es un padre terrible, que dice que no, que prohibe. Del efecto de esa función de corte y las fallas de esa función, dependerán las estructuras subjetivas.
En un tercer tiempo, es el de un padre permisivo, pues si bien le dice con mamá no, lo habilita para acceder al resto de las mujeres. La ley prohíbe y permite a la vez. Esto es lo que llamamos prohibición del incesto. Lo que Freud aclara, es que, en los neuróticos, se da casi siempre el complejo de Edipo completo. Esto implica que es doble, positivo y negativo, debido a la bisexualidad constitutiva en el niño. Así, lo que se juega es una doble identificación, tanto al padre como a la madre, lo mismo que en la elección de objeto sexual.
La finalidad terapéutica del análisis (la terapia) consiste en conseguir que el paciente renuncie al fantaseo y a sus satisfacciones secretas para sustituirlas por otras formaciones imaginarias y otras acciones en la vida, para alcanzar nuevas formas de satisfacción en la realidad. La curación pasa por la reapropiación por parte del sujeto de sus potencialidades pulsionales, para que pueda hacer con ellas algo en la realidad. Hay que liberar a la libido desligándola de las imágenes parentales sepultadas en el inconsciente, para devolverla a la influencia del yo y de la realidad. La actitud comprensiva de los padres ayuda a solucionar este conflicto y el hijo puede salir del complejo de Edipo. En el mejor de los casos, el niño trata, en su deseo, de superarlo, de parecerse a su rival. Acaba entonces por identificarse con él, en una especie de solidaria convivencia, en la que el padre se vuelve un modelo para el niño. Lo mismo ocurre entre la niña y su madre.
Es necesaria la comunicación fluida con el niño para disminuir dicho complejo. Es frecuente que el niño tenga sueños eróticos o sexuales, dependiendo de la edad, hacia su padre o madre, quienes deberían por consiguiente infundir el corte del “cordón umbilical” que puede en el futuro convertirse en una obsesión que podría destruir el vínculo con alguno de sus padres, o buscar en su pareja una persona mucho mayor para reemplazar a éstos.
A pesar de que la mayor parte de los psicoanalistas freudianos no aceptan como complejo el de Electra, es importante poder denominar y diferenciar el mismo del niño a la niña, ya que poseen distintos rasgos y posesiones que deben ser tratadas de forma distinta entre uno y otra.